6 SENCILLOS HÁBITOS PARA RECUPERAR TU VITALIDAD

¿Te sientes últimamente escaso de energía o te notas fatigado sin causa aparente?  Quizás es un buen momento para analizar qué tipo de hábitos pones en práctica de forma cotidiana y valorar cuáles de ellos te están acercando, o más bien alejando, de tu bienestar personal.

VITALIDAD

La sensación de cansancio permanente posee una interferencia significativa a la hora de mantener una actitud pro-activa en el día a día y compromete seriamente la iniciativa personal en la toma de decisiones, en la puesta en marcha de proyectos, en el logro de metas, etc. para condicionar, finalmente, nuestro estado anímico. De hecho, la falta de vitalidad deviene uno de los criterios diagnósticos en el trastorno depresivo. Por ello, parece ser recomendable atajar precozmente cualquier manifestación que pueda indicarnos la aparición de este tipo de fatiga física y emocional.

Por ello, proponemos el siguiente listado de pequeños hábitos conductuales saludables que te permitirán recuperar la sensación de disponer de energías renovadas y mejorar tu percepción de satisfacción personal tanto en el ámbito más físico como en el psicológico:

1.  Dedícate unos minutos al día para estar solo y en silencio, sin interrupciones. La combinación de estos dos factores favorece la puesta en práctica de la capacidad creativa, ya que en estas circunstancias solemos tener mayor facilidad para fabular e imaginar experiencias alternativas.

2. Aprende a respirar de forma consciente. Usualmente el proceso de respiración lo realizamos de forma automatizada de manera que impedimos que nuestros pulmones se llenen de aire, con lo cual no estamos aprovechando toda la capacidad del sistema respiratorio. El respirar conscientemente implica realizar respiraciones profundas, dedicando más tiempo a la expiración que a la inspiración (8 y 5 segundos respectivamente) a fin de percibir una sensación de calma y sosiego tan beneficiosa para el ser humano.

3. Mantén el contacto con la naturaleza. Dar un paseo por una zona arbolada o realizar una excursión por el bosque durante el fin de semana resulta altamente reconfortante puesto que la sensación de ajetreo, de alto nivel de actividad o incluso de estrés subjetivo desaparece cuando nos encontramos en un entorno de tranquilidad y serenidad.

4. Cuida tu cuerpo mediante una dieta equilibrada y realiza ejercicio unas 3 veces por semana. Dado que la relación entre cuerpo y mente es considerablemente manifiesta, el estado de uno influye inevitablemente en la salud del otro. Por ello, procura basar tu alimentación en productos bajos en grasas saturadas, sin aditivos artificiales y respetando las 5 ingestas diarias poco copiosas. Por otra parte, innumerables investigaciones demuestran los cambios beneficiosos que se producen en nuestro cerebro cuando practicamos ejercicio físico, como por ejemplo, la secreción de endorfinas y de otras proteinas que fomentan la sensación de placer, de bienestar, así como la capacidad de adaptación a las situaciones vitales. Este último rasgo parece ser el componente principal de las definiciones más recientes sobre el constructo inteligencia.

5. Estimula el saber fomentando tu propio aprendizaje. Nada mejor para mantener tu mente activa y en plenas facultades que la adquisición de nuevos conocimientos. Para ello, inscríbete en una nueva formación de tu interés, dedica media hora al día a la lectura o inicia clases para aprender idiomas. Todas estas actividades forjarán infinidad de conexiones neuronales nuevas en tu cerebro y te servirán para adquirir un funcionamiento cognitivo general más flexible.

6. Como última premisa, intenta tender en tus comportamientos y actitudes al equilibrio y huir de los extremos. Con ello no se pretende decir que debamos evitar a toda costa desviarnos puntualmente de la puesta en marcha estricta de los hábitos saludables indicados. Otro de los principios básicos que se relacionan con el bienestar emocional recae, como decía anteriormente, en la propia capacidad adaptativa ante las circunstancias externas y en la evitación de la elaboración de razonamientos rígidos basados en las denominadas “normas autoimpuestas”. Los “debería”, “tendría que”, etc., poseen un componente de crítica poderoso que con frecuencia pueden desembocar en un sentimiento de culpabilidad o remordimiento nada aconsejable. Por ello, esta última recomendación se orienta a tomar como hábito el hecho de aceptar positivamente las situaciones cambiantes, imprevistas e inciertas.

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