LA PARADOJA DEL (DES)CONFINAMIENTO

En las últimas semanas estamos afrontando un tipo de experiencia excepcional y sin precedentes, al menos en lo relativo a las generaciones actuales. Hemos visto alterado de manera significativa nuestro estilo de vida y nuestras costumbres, así como también hemos tenido que enfrentar  (y seguimos enfrentando) momentos de estrés, miedo, alivio, ansiedad, tristeza y duelo, esperanza, frustración… El conjunto de todas estas situaciones, como acostumbra a ocurrir en la adversidad, nos ha permitido paradójicamente obtener una serie de aprendizajes personales de valor incalculable.

 

Favoreciendo una visión realista

De manera obvia, una pandemia por definición deviene un fenómeno claramente adverso y terrible. El número de enfermos y de pérdidas humanas constatadas (y las que quedan aún por constatar) es quizá el indicador más obvio del crudo carácter que la COVID-19 en concreto está provocando en la especie humana. Esta afirmación es un hecho incontestable, pero aún así, no se pueden dejar de considerar también otros aspectos que están teniendo lugar paralelamente, como lo es la increíble capacidad de adaptación y la capacidad de aprendizaje de que dispone la especie humana.

 

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Quizá muchos de nosotros nos hallamos sorprendidos ante el hecho de haber “soportado” casi cincuenta días de confinamiento con las pertinentes restricciones de movimiento y actividad tanto a nivel individual como social. Presumiblemente, en algunos casos la creencia de no ser capaces de aceptar y sobrellevar tales limitaciones durante tanto tiempo imperaba sobre oro tipo de creencias algo más optimistas. Sin embargo, a medida que han pasado las semanas hemos tenido también la oportunidad de adoptar una perspectiva más amplia y profunda respecto de esta experiencia epidémica y sus consecuencias. Sin la intención de negar la naturaleza dramática de la situación social derivada de la pandemia, el hecho de haber tenido que asumir estas semanas de confinamiento nos ha permitido hacer conscientes algunas reflexiones como las que siguen:

  • La cooperación, la fuerza colectiva y la reciprocidad aportan muchos más beneficios en la consecución de objetivos que estilos individualistas y competitivos.  Un ejemplo claro de ello hace referencia a la apelación en el seguimiento de las normativas de protección durante el estado de alarma que está permitiendo disminuir y controlar el número de contagios. Si en los últimos días las estadísticas muestran datos favorables, se debe a la ación conjunta y unida que la ciudadanía estamos efectuando de manera colaborativa. Por otra parte, también se ha podido constatar en base a lo expuesto y exceptuando acciones puntuales en el sentido contrario que los valores de bondad y generosidad predominan sobre el egoismo o el individualismo.

 

  • La adversidad y los acontecimientos vitales interfirientes son potencialmente manejables, aunque el dolor y el malestar generados sean de carácter intenso y el esfuerzo emocional requerido para ello sea elevado. Una de las creencias básicas que puede potenciar el propio nivel de resiliencia precisamente se vincula con presentar un locus de control interno, donde la persona cree manifiestamente que las situaciones son productos en parte de las propias acciones y decisiones y que, por tanto, esta se responsabiliza activamente en el afrontamiento de sus eventos vitales. Por contra, un locus de control externo es propio de los individuos que piensan que lo que sucede es resultado de la suerte, el destino o factores externos a su persona. Esto último facilita el desarrollo del reconocido fenómeno de la indefensión aprendida, propuesto por Martin Seligman en la década de los sesenta. Dicho concepto hace referencia a un estilo de afrontamiento pasivo y escasamente eficaz a nivel psicológico, donde el sujeto opera bajo la creencia de supuestos como “haga lo que haga, no puedo evitar el sufrimiento o el malestar”.

 

  • Las expectativas que generamos presentan una doble función, una de las cuales puede que no resulte del todo funcional. Por una parte, las expectativas permiten cierta idea de control ante la incertidumbre; a partir de ellas nos hacemos una idea previa y rápida de cómo va a desarrollarse una situación futura y ello nos da la oportunidad de anticipar nuestra reacción o plan de actuación ante tal situación generando una superficial sensación de tranquilidad o alivio. El problema es que esa idea puede estar fundamentada en insuficiente información o en datos poco realistas y ello conduce a generar expectativas irracionales. Otro inconveniente hace referencia a la tendencia a generar tales expectativas en términos de “certeza” en lugar de elaborarlas como “probabilidades”. La primera opción conduce a razonamientos rígidos y favorece el desarrollo de sentimientos como la frustración intensa, mientras que en el segundo caso el análisis es más flexible y adaptativo.

 

  • En cierta manera relacionado con lo anterior, cabe considerar una diferencia sustancial entre el concepto de nuevo o diferente y el concepto de peligroso o amenazante. Una situación desconocida o distinta a lo habitual no debería entenderse necesariamente como un fenómeno problemático per se.  Lo primero solo parece indicar la necesidad de invertir algo más de esfuerzo para evaluar la situación que permita una toma de decisión eficaz, nada más. El hecho de tomar decisiones es algo intrínseco y natural a la especie humana y, por ello, cabe normalizar y promover una actitud que vaya en la línea de comprender que en cualquier momento pueden darse circunstancias que habrá que superar.

 

  • El apoyo social, la comunicación emocional y los vínculos afectivos son esenciales tanto en momentos complejos como en los momentos de satisfacción, disfrute y bienestar. Durante este largo periodo caracterizado por la distancia y el aislamiento las familias han debido de llevar a cabo (pequeños o grandes) esfuerzos para convivir y ello les ha permitido acercar posturas, compartir actividades de ocio, dialogar y expresarse con mayor frecuencia y fortalecer, como consecuencia, ese lazo emocional. Así, parece que dedicar más tiempo y más atención a los demás repercute favorablemente la solidez de ese tipo de relaciones interpersonales.

 

  • Un estilo de vida acelerado y enfocado exclusivamente en términos de productividad (jornadas laborales amplias, consumismo, etc.) favorece la aparición de signos de estrés y ansiedad, además de retroalimentar funcionamientos personales competitivos e individualistas. Estas semanas han hecho más probable, al disponer de un volumen de tiempo mayor para llevar a cabo las ocupaciones y responsabilidades diarias, la aparición de sensaciones de mayor calma, tranquilidad y sosiego en comparación a épocas anteriores al inicio del confinamiento. Este punto quizá, es uno de los más sensibles y relevantes, puesto que a medida que la sociedad vaya avanzando en las denominadas “fases de desescalada” es posible (no certero) que recuperemos ciertos hábitos disfuncionales como consecuencia de la recuperación de la actividad profesional, de ocio, relacional, familiar, etc. de antaño.

 

Un nuevo reto adaptativo: la desescalada y la vuelta a la nueva normalidad

Todo lo expuesto hasta ahora se ha planteado con el objetivo de hacer consciente una serie de reflexiones que van a resultar esenciales para hacer frente a esta nueva etapa de transición que implica, nuevamente, un proceso de adaptación personal y un manejo psicólogico eficaz ante lo desconocido. Como en cualquier situación de cambio, durante las semanas y meses que el futuro próximo nos depara como sociedad, la capacidad de aceptación activa, de gestión de sentimientos como la incertidumbre, la tristeza o la rabia, etc., la habilidad para efectuar interpretaciones a nivel cognitivo lógicas y racionales van a ser competencias fundamentales. Por ello, el nivel de fortaleza psicólogica que hemos adquirido en los últimos dos meses puede ser el elemento principal que sirva de guía para el duro y complejo tránsito que nos encontramos iniciando en el momento actual.

 

 

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