“DESESCALAR”, RE-SOCIALIZAR Y RE-AFRONTAR

Es innegable que nos encontramos en una etapa de mucha incertidumbre y cambio. En un primer momento, hace ya unos dos meses, debimos adaptarnos de forma drástica a un tipo de confinamiento estricto en el que nuestro estilo de vida se vio en muchos casos alterado por completo. A medida que han ido transcurriendo las semanas hemos ido asimilando nuevos hábitos cotidianos: formas alternativas de trabajar, disminución de las posibilidades de ocio, maneras de interactuar con nuestro entorno social, etc. En el momento actual, ya iniciado el proceso de desconfinamiento y de recuperación de algunas de las ocupaciones, responsabilidades y actividades pre-estado de alarma nos encontramos con un nuevo reto al cual hacer frente, que puede generar una sensación inicial de malestar emocional por el “esfuerzo” que conlleva: el hecho de volver a socializar o tener que lidiar con determinadas acciones como dialogar o tomar decisiones (y responsabilizarse de las mismas).

 

Relacionarse y tomar decisiones… ¿un problema?

De entrada, una postura lógica cuestionaría el motivo por el cual en algunos casos este hecho puede suponer una problemática. Parece natural entender que es inherente al ser humano el tener que relacionarse con otros individuos tanto en el ámbito familiar o de las amistades, como en el académico o en el profesional. Lo que ocurre es que, debido a la elevada capacidad adaptatva del ser humano, las personas nos hemos adaptado a un estilo de vida en los últimos dos meses en el que el contacto físico social se ha visto disminuido notablemente por las restricciones del confinamiento. Ello, a pesar de la problemática inicial motivada por la “imposición” abrupta del cambio en sí mismo, ha venido acompañado posteriormente por una sensación de alivio y tranquilidad psicológica, ya que durante tal periodo se han eliminado muchas situaciones en las que el diálogo, la interacción, la negociación o la resolución de diferencias o conflictos son esenciales. Es como si durante dos meses nos hubieramos librado de la dicha carga. Sin embargo, a partir de este fenómeno puede generarse una idea desadaptativa al creer que la situación excepcional de aislamiento y limitación interactiva es lo “natural”, cuando realmente es todo lo contrario; lo realista es relacionarse, acordar y decidir.

Darle credibilidad a este tipo de ideas puede llevarnos a asociar otro tipo de conclusiones que pueden presentar algun tipo de sesgo, como por ejemplo pensar que lo diferente, lo nuevo o lo desconocido es problemático, peligroso o simplemente “malo”; y que lo fácil o lo cómodo es lo “bueno” o beneficioso. Esta clase de pensamiento distorsionado puede facilitar la generación de preocupaciones o pensamientos negativos y que estos, conlleven a un aumento de ansiedad y miedos irracionales que no se sustentan en evidencias realistas, sino en hipótesis subjetivas o en la anticipación de conclusiones precipitadas. Además, también contribuyen a desarrollar una baja tolerancia a la incertidumbre. Y este último es otro de los aspectos que también puede considerarse como intrínseco a la condución humana. Por este motivo, otra de las creencias que tampoco resulta muy funcional está basada en “el deber saber o controlar los eventos venideros”, ya que sitúa a la persona en un objetivo irreal e inacalzable: los acontecimientos futuros, por definición, no puden considerarse certezas a priori.

 

articulo desescalar

La “falsa” nueva normalidad

Una de las expresiones que con mucha frecuencia se menciona en los medios de comunicación a diario es “el transito hacia la nueva normalidad”.  Este concepto en sí mismo presenta cierta incoherencia puesto que si se analiza por separado el significado de cada término se puede observar alguna contradicción entre ambos. Normalidad o “condición de normal”, se refiere a aquel fenómeno que se habitual, ordinario o que se halla en su estado natural. Por su parte “nuevo” implica algo recién hecho o aparecido, según lo indicado por la RAE.

Así, algo habitual no puede ser a la vez de nueva aparición. Aunque la intencionalidad de adoptar dicha expresión pueda atender a una finalidad funcional y útil como ofrecer una mayor sensación de control subjetivo a la población, lo cierto es que tal percepción deviene algo engañosa. En primer lugar, parece evidente la influencia que tiene el lenguaje que utilizamos en el tipo de pensamientos, crencias y sentimientos derivados que generamos. Por otra parte, la sensación de sosiego emocional parece relacionarse al grado de control que el individuo percibe de las situaciones a las que debe enfrentarse cotidianamente. Aún así, como indicaba anteriormente, la actitud funcional estaría más bien orientada a conservar una postura racional en la aceptación de lo desconocido como parte inseparable del proceso vital.

 

El afrontamiento de las incertezas y los miedos

Llegados a este punto, ¿cómo gestionar emocionalmente el malestar producido por la aparición de determinados temores y pensamientos disfuncionales? Siguiendo los principios del enfoque cognitivo-conductual, cabe abordar evidentemente tanto aspectos cognitivos como aspectos conductuales,

Sobre el primero de los elementos, ya se ha indicado en párrafos anteriores la relevancia de, por una parte, identificar y sustituir razonamientos irracionales y sesgados por otros más realistas y que estén sustentados en conclusiones más objetivas y datos contrastados y, por otra, interiorizar una actitud comprensiva y aceptadora sobre la incapacidad de eliminar la sensación personal de incertidumbre.

Sin embargo, la aplicación de las estrategias mencionadas no va a posibilitar un resultado eficaz completo sino se combinan con la realización de un afrontamiento conductual, en el que la persona se exponga a las potenciales situaciones temidas y, más importante aún, no favorezca la retroalimentación del miedo con conductas evitativas. Es decir que para lograr una disminución de la credibilidad del pensamiento de preocupación irracional y desproporcionado, es esencial que el individuo pueda obtener una evidencia de que le es posible conseguir afrontar la situación compleja y que puede manejar el malestar que esta le provoca. Y esto solo es posible cuando se afronta la situación, pero no cuando se evita.

Todo lo expuesto puede aplicarse en el periodo de recuperación de las ocupaciones, respnsabilidades y actividades personales en la que nos encontramos (y vamos a seguir encontrándonos) durante los próximos meses con motivo del desconfinamiento. Se ha hablado en diferentes medios de comunicación sobre el denominado “Síndrome de la Cabaña”, como término para referirse al desarrollo de un malestar emocional significativo vinculado a enfrentar lo desconocido después de un largo tiempo dentro de una supuesta zona de confort (el hogar): salir de casa, volver al trabajo, relacionarse socialmente (presencialmente), convivir con la COVID-19 de forma general, etc. Todas estas actuaciones requieren un repertorio mínimo de recursos personales y de habilidades sociales y asertivas, de comportamiento autónomo y de una capacidad de tomar decisiones de manera constante. Vamos, algo altamente frecuente que se solía hacer de forma inconsciente y automática hasta hace unas diez semanas.

En conclusión, y aunque deba hacerse de una manera gradual, progresiva y flexible, parece que la estrategia que puede hace menguar ese conjunto de signos psicológicos interfirientes como las creencias irracionales, los temores y miedos excesivos ante potenciales amenazas y, a la vez, posibilitar un estilo de afrontamiento efectivo, conviene que incluya los tres elementos esenciales sobre los que se ha pretendido reflexionar a lo largo del artículo: la racionalidad, la aceptación y la exposición al afrontamiento.

 

 

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